Raquel Sofia

Soy Raquel Sofía. Escribo canciones y las canto también. Mi vida es un desorden de aventuras, personajes únicos, amores y malas decisiones.

Quizá por eso la adoraba más, por esa estupidez eterna de perseguir a los que nos hacen daño.

—Carlos Ruiz Zafon en “La Sombra del Viento”

YO CREO EN LOS FANTASMAS  
     Recién un amigo me habló de fantasmas y me dijo que yo seguro tengo uno. Sus palabras se quedaron conmigo, dándome vueltas en la cabeza. ¿Será que realmente vivimos en un mundo lleno de fantasmas? Yo no creo ni en casas embrujadas ni en cartas de tarot. No creo en la resurrección y tampoco en la güija, pero después de pensarlo mucho, he decidido que sí creo en los fantasmas. No hablo del “Ghost of Christmas” que viene a sacarnos de la cama, ni de la doña que aparece en el espejo si dices “Bloody Mary” tres veces con las luces apagadas. Los fantasmas no son entidades independiente, volantes, sin rumbo y sin casa. Al revés: tienen dueño. Son nuestros y sólo nuestros. No existen solos. Nosotros los creamos.
     Empecemos por lo obvio: la muerte, la cuna original de los fantasmas. A nuestros seres queridos que habitan el más allá, los llamamos con oraciones a pedirles que nos cuiden, les deseamos un buen viaje en su partida, los extrañamos y los recordamos con cariño, y para el celebrarles el cumpleaños les prendemos una vela en un altar. Como buenas criaturas supersticiosas, le damos vida a los muertos. Osea, los convertimos en fantasmas. No hablamos mal de ellos, por si acaso nos escuchan, tratamos de seguir sus reglas, aunque no estén para imponerlas y decimos frases como “¡Oiga mi hijito, si su abuela estuviese viva para ver esto, le da otro infarto!" Hablando de abuelas, la mía no volvió a preparar nunca el plato favorito de su hermano que falleció, porque le trae demasiados recuerdos. Además, como cocina ella, lo levanta con el aroma y trae al fantasma hasta la mesa. ¡Qué susto!
        Lo peculiar de los fantasmas es que no hay que primero morirse para llegar a ser uno. El amor nos llena la vida de fantasmas que siguen con los pies sobre la tierra, pero un otro lugar, lejos. Tengo un amigo divorciado. Un día lo acompañé a sacar sus cosas del apartamento que compartió con su ex-esposa y cuando abrimos la puerta del hogar vacío, él vio a alguien que no veía yo. Me imagino que la vio sentada en el counter de la cocina con una copa de vino y un plato vacío, esperando a que él terminara de preparar pasta… Mi amigo ya no cocina porque los fantasmas no comen.
     El fantasma de un amor pasado es insistente. Se aferra a la memoria, opina sobre tu vida, te enreda en conversaciones imaginarias, te recuerda que es irremplazable y justo cuando te encuentras en otros brazos, con otros labios acariciando los tuyos, aparece con cara de dolor, como si los fantasmas sintieran lo que hacemos nosotros los vivos. 
     También está el fantasma del “perdón” que nunca pedimos. De las amistades que enterramos con argumentos insignificantes. Mi mejor amiga en la universidad y yo éramos como hermanas. Una tarde soleada tuvimos un argumento gigante y bastante tonto y después de eso nunca volvimos a hablar. A veces, en medio de mis aventuras más locas, pienso “esto le encantaría a ella”. La frase se ha vuelto una invitación y por un instante aparece su fantasma riendo al lado mío. Luego, terminada la fiesta, se regresa al cementerio lejano que guarda la tumba de nuestra amistad. 
     Nos queda un tipo de fantasma por mencionar y es tal vez el más importante: el de nosotros mismos. No hablo de la conciencia. No. Hablo de la versión pasada de mí. Una niña sentada en su cuarto de paredes amarillas en Mayagüez, escribiendo canciones en una libreta “Jean Book” y escuchando Ella Fitzgerald. Yo crezco y evoluciono pero ella no. Me recuerda quien soy, me reclama las cosas que dejo de hacer, me insiste que tengo que cumplir mis sueños porque yo no soy la única que cuenta con eso, somos dos. Ella me perseguirá hasta la muerte y en mis últimas horas espero que me sonría con aprobación y me diga que logré convertirme en la persona que ella siempre imaginó. 
     El que no tiene fantasmas es porque no le importa nada, ni nadie, y entonces debe ir muy solo en la vida. Mis fantasmas y yo tenemos una relación saludable: jangueamos todos los días y sólo a algunos se les ocurre aparecer cuando no los quiero. ¿O Quién sabe? Tal vez si quiero que aparezcan. Al final del día, sólo existen por mí y si están, es porque los necesito. 

YO CREO EN LOS FANTASMAS  

     Recién un amigo me habló de fantasmas y me dijo que yo seguro tengo uno. Sus palabras se quedaron conmigo, dándome vueltas en la cabeza. ¿Será que realmente vivimos en un mundo lleno de fantasmas? Yo no creo ni en casas embrujadas ni en cartas de tarot. No creo en la resurrección y tampoco en la güija, pero después de pensarlo mucho, he decidido que sí creo en los fantasmas. No hablo del “Ghost of Christmas” que viene a sacarnos de la cama, ni de la doña que aparece en el espejo si dices “Bloody Mary” tres veces con las luces apagadas. Los fantasmas no son entidades independiente, volantes, sin rumbo y sin casa. Al revés: tienen dueño. Son nuestros y sólo nuestros. No existen solos. Nosotros los creamos.

     Empecemos por lo obvio: la muerte, la cuna original de los fantasmas. A nuestros seres queridos que habitan el más allá, los llamamos con oraciones a pedirles que nos cuiden, les deseamos un buen viaje en su partida, los extrañamos y los recordamos con cariño, y para el celebrarles el cumpleaños les prendemos una vela en un altar. Como buenas criaturas supersticiosas, le damos vida a los muertos. Osea, los convertimos en fantasmas. No hablamos mal de ellos, por si acaso nos escuchan, tratamos de seguir sus reglas, aunque no estén para imponerlas y decimos frases como “¡Oiga mi hijito, si su abuela estuviese viva para ver esto, le da otro infarto!" Hablando de abuelas, la mía no volvió a preparar nunca el plato favorito de su hermano que falleció, porque le trae demasiados recuerdos. Además, como cocina ella, lo levanta con el aroma y trae al fantasma hasta la mesa. ¡Qué susto!

        Lo peculiar de los fantasmas es que no hay que primero morirse para llegar a ser uno. El amor nos llena la vida de fantasmas que siguen con los pies sobre la tierra, pero un otro lugar, lejos. Tengo un amigo divorciado. Un día lo acompañé a sacar sus cosas del apartamento que compartió con su ex-esposa y cuando abrimos la puerta del hogar vacío, él vio a alguien que no veía yo. Me imagino que la vio sentada en el counter de la cocina con una copa de vino y un plato vacío, esperando a que él terminara de preparar pasta… Mi amigo ya no cocina porque los fantasmas no comen.

     El fantasma de un amor pasado es insistente. Se aferra a la memoria, opina sobre tu vida, te enreda en conversaciones imaginarias, te recuerda que es irremplazable y justo cuando te encuentras en otros brazos, con otros labios acariciando los tuyos, aparece con cara de dolor, como si los fantasmas sintieran lo que hacemos nosotros los vivos. 

     También está el fantasma del “perdón” que nunca pedimos. De las amistades que enterramos con argumentos insignificantes. Mi mejor amiga en la universidad y yo éramos como hermanas. Una tarde soleada tuvimos un argumento gigante y bastante tonto y después de eso nunca volvimos a hablar. A veces, en medio de mis aventuras más locas, pienso “esto le encantaría a ella”. La frase se ha vuelto una invitación y por un instante aparece su fantasma riendo al lado mío. Luego, terminada la fiesta, se regresa al cementerio lejano que guarda la tumba de nuestra amistad. 

     Nos queda un tipo de fantasma por mencionar y es tal vez el más importante: el de nosotros mismos. No hablo de la conciencia. No. Hablo de la versión pasada de mí. Una niña sentada en su cuarto de paredes amarillas en Mayagüez, escribiendo canciones en una libreta “Jean Book” y escuchando Ella Fitzgerald. Yo crezco y evoluciono pero ella no. Me recuerda quien soy, me reclama las cosas que dejo de hacer, me insiste que tengo que cumplir mis sueños porque yo no soy la única que cuenta con eso, somos dos. Ella me perseguirá hasta la muerte y en mis últimas horas espero que me sonría con aprobación y me diga que logré convertirme en la persona que ella siempre imaginó. 

     El que no tiene fantasmas es porque no le importa nada, ni nadie, y entonces debe ir muy solo en la vida. Mis fantasmas y yo tenemos una relación saludable: jangueamos todos los días y sólo a algunos se les ocurre aparecer cuando no los quiero. ¿O Quién sabe? Tal vez si quiero que aparezcan. Al final del día, sólo existen por mí y si están, es porque los necesito. 

Video Diaries- Week 2

Vean cómo me fue en mi writing session con la talentosísima Leslie Grace!
"Para ser irremplazable, uno debe buscar ser siempre diferente."

"Para ser irremplazable, uno debe buscar ser siempre diferente."

Nasty habits. 

Nasty habits. 

Y aprendí a quitarle al tiempo los segundos.
Tú me hiciste ver el ciel más profundo.
Junto a ti creo que aumente más de tres kilos
con tus tantos dulces besos compartidos.

-Shakira-

Y aprendí a quitarle al tiempo los segundos.

Tú me hiciste ver el ciel más profundo.

Junto a ti creo que aumente más de tres kilos

con tus tantos dulces besos compartidos.

-Shakira-

Dime con quién andas y te diré quién eres.

Yo Miami

Yo Miami

Life’s too short…

Life’s too short…

Anoche Soñé Contigo
"Dreams are the royal road to the unconscious." Sigmund Freud  
     Hoy me desperté llorando. No es algo que me pasa mucho, ni es una manera recomendable de empezar el día, pero hoy me tocó. Sentí la humedad de mi tristeza tan pronto tuve conciencia de que ya era mañana, o hoy. Entonces abrí el ojo y lloré. Lloré duro. Fuerte. Mucho. Hice sonidos de animalito herido, me quedé sin aire, boté mocos, grité en frustración, cerré los ojos, hablé sola, mandé mensajes telepáticos y hasta recé. Fue un llanto de primera categroría. De Oscar. 
     Según Sigmund Freud, nuestros sueños son formas de “cumplimiento de deseo”. Son lo que pasa cuando nuestro inconsciente trata de resolver conflictos en nuestras vidas. Las películas de Disney también se mueven por esa vena. “A dream is a wish your heart makes when you’re fast asleep." Osea, nuestros sueños no son nada más que nuestro corazón pidiéndonos algo a gritos. Cierto, muy cierto…y por eso me asusta. Freud y Disney me hacen sentir que estoy rota y sin remedio. Porque de acuerdo a sus teorías, un sueño recurrente como el que tuve anoche, quiere decir que no logro resolver mi conflicto, que me falta una pieza, que no avanzo emocionalmente, que estoy estancada y que todas las noches tan pronto cierre los ojos, comenzará de nuevo la carrera detrás de lo que quiero y no alcanzo. 
     El sueño que tuve anoche es mismo que tuve antenoche y la noche antes que esa. Es el mismo de la semana pasada, de marzo y abril, de lunes a domingo. Varía un poco en lugar y tiempo, pero el elenco es constante. ¿De qué se trata? ¿Por qué tan traumático? Bueno, voy a dejar que echen un vistazo rápido dentro de mi caja de Pandora, pero les advierto, no la abriré completa, porque ahí sí nos enloquecemos todos. 
     Soñé que tú estabas y que yo estaba. No sé dónde. Mentiras, sí sé. Todo parecía estar bien hasta que dejó de estarlo. Hubo confusión, pelea, llanto, pedida de disculpa, palabras que dolían como si no estuviésemos flotando en mi cabeza. Hubo explicaciones, me decías que me fuera y yo te pedía que por favor… Había otras personas, siempre las hay, amigos, enemigos y también extraños con caras que me inventé, o tal vez no. Algunos me ayudaban, otros me intentaban arrancar algo o se plantaban en mi camino y yo no avanzaba. En el vacío profundo de querer y no tener, de amor sin corresponder, de alas cortadas, abrí los ojos. 
     Para mí un sueño es un espejo hacia adentro, una fotografía sin filtro de instagram para suavizarla y hacerla ver más bonita. Un sueño es una fiesta con una larga lista de invitados: nuestros demonios, nuestros ángeles, nuestras victorias, nuestros fracasos, nuestro pasado, nuestro presente, lo que tenemos, tuvimos y lo que ya no. Puede ser un campo de batalla donde luchamos contra nuestros propios monstruos o un lugar que se parece a otro, donde nos encontramos con viejos amigos, amores y fantasmas. Todas las noches, cuando cerramos los ojos, nos estamos arriesgando a enfrentarnos con la muerte, a que nos vuelvan a romper el corazón, a caer de un rascacielos o llegar al trabajo en pelotas. Pero a la misma vez nos estamos abriendo a la posibilidad de volar, charlar con un abuelo, regresar a Perú, a Nueva York o a nuestra casa de la infancia, tener sexo con alguna persona inesperada o dejar que nos enamoren de nuevo. 
     Así que tal vez debo buscarle el lado positivo a mi pesadilla, porque que carajo, parece que no voy a dejar de tenerla. ¿Qué tal si mañana cuando me despierte, después de haber pasado por el mismo túnel de sufrimiento y decepción, en vez de llorar trato de sonreír? ¿Porqué voy a sonreír? Pues, porque anoche soñé contigo, y aunque todo salió mal, por lo menos te vi. 

Anoche Soñé Contigo

"Dreams are the royal road to the unconscious." Sigmund Freud  

     Hoy me desperté llorando. No es algo que me pasa mucho, ni es una manera recomendable de empezar el día, pero hoy me tocó. Sentí la humedad de mi tristeza tan pronto tuve conciencia de que ya era mañana, o hoy. Entonces abrí el ojo y lloré. Lloré duro. Fuerte. Mucho. Hice sonidos de animalito herido, me quedé sin aire, boté mocos, grité en frustración, cerré los ojos, hablé sola, mandé mensajes telepáticos y hasta recé. Fue un llanto de primera categroría. De Oscar. 

     Según Sigmund Freud, nuestros sueños son formas de “cumplimiento de deseo”. Son lo que pasa cuando nuestro inconsciente trata de resolver conflictos en nuestras vidas. Las películas de Disney también se mueven por esa vena. “A dream is a wish your heart makes when you’re fast asleep." Osea, nuestros sueños no son nada más que nuestro corazón pidiéndonos algo a gritos. Cierto, muy cierto…y por eso me asusta. Freud y Disney me hacen sentir que estoy rota y sin remedio. Porque de acuerdo a sus teorías, un sueño recurrente como el que tuve anoche, quiere decir que no logro resolver mi conflicto, que me falta una pieza, que no avanzo emocionalmente, que estoy estancada y que todas las noches tan pronto cierre los ojos, comenzará de nuevo la carrera detrás de lo que quiero y no alcanzo. 

     El sueño que tuve anoche es mismo que tuve antenoche y la noche antes que esa. Es el mismo de la semana pasada, de marzo y abril, de lunes a domingo. Varía un poco en lugar y tiempo, pero el elenco es constante. ¿De qué se trata? ¿Por qué tan traumático? Bueno, voy a dejar que echen un vistazo rápido dentro de mi caja de Pandora, pero les advierto, no la abriré completa, porque ahí sí nos enloquecemos todos. 

     Soñé que tú estabas y que yo estaba. No sé dónde. Mentiras, sí sé. Todo parecía estar bien hasta que dejó de estarlo. Hubo confusión, pelea, llanto, pedida de disculpa, palabras que dolían como si no estuviésemos flotando en mi cabeza. Hubo explicaciones, me decías que me fuera y yo te pedía que por favor… Había otras personas, siempre las hay, amigos, enemigos y también extraños con caras que me inventé, o tal vez no. Algunos me ayudaban, otros me intentaban arrancar algo o se plantaban en mi camino y yo no avanzaba. En el vacío profundo de querer y no tener, de amor sin corresponder, de alas cortadas, abrí los ojos. 

     Para mí un sueño es un espejo hacia adentro, una fotografía sin filtro de instagram para suavizarla y hacerla ver más bonita. Un sueño es una fiesta con una larga lista de invitados: nuestros demonios, nuestros ángeles, nuestras victorias, nuestros fracasos, nuestro pasado, nuestro presente, lo que tenemos, tuvimos y lo que ya no. Puede ser un campo de batalla donde luchamos contra nuestros propios monstruos o un lugar que se parece a otro, donde nos encontramos con viejos amigos, amores y fantasmas. Todas las noches, cuando cerramos los ojos, nos estamos arriesgando a enfrentarnos con la muerte, a que nos vuelvan a romper el corazón, a caer de un rascacielos o llegar al trabajo en pelotas. Pero a la misma vez nos estamos abriendo a la posibilidad de volar, charlar con un abuelo, regresar a Perú, a Nueva York o a nuestra casa de la infancia, tener sexo con alguna persona inesperada o dejar que nos enamoren de nuevo. 

     Así que tal vez debo buscarle el lado positivo a mi pesadilla, porque que carajo, parece que no voy a dejar de tenerla. ¿Qué tal si mañana cuando me despierte, después de haber pasado por el mismo túnel de sufrimiento y decepción, en vez de llorar trato de sonreír? ¿Porqué voy a sonreír? Pues, porque anoche soñé contigo, y aunque todo salió mal, por lo menos te vi.